77 días para Navidad

 

Spinoza en Amsterdam

Si quieres que la vida te sonría apórtale primero tu buen humor decía el amsterdanés más ilustre, también conocido como el filósofo de la alegría como le recuerda Fernando Savater. Y nuestro recorrido por la ciudad comenzó, por las inclemencias meteorológicas, con la visita a una antigua fábrica de cerveza remozada, que se ha convertido en pocos años en uno de los símbolos de la ciudad. Te muestran cómo se elaboraba con los métodos tradicionales, te enseñan recreadas las instalaciones, y lo mejor lo dejan para el final, con tres degustaciones de cerveza, y si andas despierto y avispado incluso, te obsequian con croquetas en salsa, en un ambiente de pub con música disco, que nos resultaron exquisitas. Desde luego, hay que reconocer que fue un momento divertido, que nos activó el cuerpo y la mente, para prepararnos para el alimento del espíritu, que comenzó en el Museo Van Gogh, una visita imprescindible para aficionados a la pintura y en especial a uno de los máximos exponentes del impresionismo, en un recorrido que muestra todas las etapas de su obra. Es fácil disfrutar contemplando sus cuadros, cada uno tiene sus favoritos, aunque me gustaría destacar el conocido como Comedores de patatas, en una escena de la vida cotidiana muy entrañable, de una modesta familia cenando este humilde alimento. Era sábado y cuando llegó la noche nos dirigimos al Barrio Rojo a satisfacer la curiosidad. A parte de las chicas de escaparates, encontramos un barrio animadísimo con bares, restaurantes, coffeshops, salas de fiesta con espectáculos de todo tipo, incluso de sex in progess, y cuya visita recomendamos, sobre todo para que nadie te lo cuente y te puedas hacer una idea real del ambiente de la zona. Con la mejoría del tiempo, pudimos hacer nuestro ansiado freetour por la ciudad que últimamente se han puesto tan de moda, contemplando monumentos, estatuas, iglesias, en un recorrido muy interesante, pero teniendo cuidado de no caer a uno de los múltiples canales o de no ser atropellado por un tranvía o por las miles de bicicletas que lo invaden absolutamente todo, y que hacen muy difícil la movilidad de los peatones. Tras comer en un típico restaurante holandés, el clásico stamppot, que no deja de ser un puré con verduras con una almóndiga de carne gigantesca, nos dirigimos al Rijsmuseum, donde se encuentra una de las mejores colecciones de pintura barroca, con obras de los geniales maestros en el tratamiento de la luz como son Rembrant, Rubens y Vermeer, y para no quedarse sin respiración rodeado de tanta belleza, lo más aconsejable es hacer un crucero en barco por los canales del río Amstel disfrutando de los puentes y la arquitectura tan peculiar de esta ciudad, en la que la mayoría de las casas están inclinadas hacía delante porque en su origen se almacenaba en ellas mercancías que se subían gracias a una polea instalada en el tejado, que ahora se utilizan para subir y bajar muebles dado lo empinadas y estrechas que son las escaleras en esta urbe. Afortunadamente conseguimos contratar una excursión a la región de los típicos molinos holandeses conocida como Zaanse Schans y visitando Volendam, la isla de Marken y Edam, con sus conocidas fábricas de zuecos de madera y de quesos en esa zona de Europa. Un viaje de pocos días se hace corto, pero sirvió para  mantenernos alegres, cumpliendo con uno de los mandamientos del hombre libre del maestro Spinoza.

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