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¡Qué suerte tuvimos al encontrar aparcamiento en pleno centro! El chek-in era a las 16:00. Tras deshacer el equipaje, una ducha que aliviara el calor húmedo tan propio de la cercanía del mar y una pequeña siesta tras los 700 kilómetros en coche, no podíamos aguantar más, las ganas de callejear nos vencieron y nos arrojamos a ello. Justo enfrente la primera vista de la Catedral  con sus dos torres y  su cúpula dorada, y a la derecha la calle que se dirige al Barrio de la Viña. Paseando disfrutamos de los mercaditos callejeros y de nuestro primer cartucho de pescadito frito, con una cerveza bien fría. ¡Qué delicia! Muchas zonas peatonales llenas de terrazas, esperando los madrugadores clientes para cenar. Nos decidimos por una típica taberna decorada con motivos taurinos y fotos de personajes más o menos conocidos que visitaron el local. Una manzanilla, un tinto de verano y un oloroso fueron nuestras bebidas. Mientras nos servían las raciones otra clienta, con mucha simpatía y amabilidad, nos comentó: Se nota que no sois de aquí. Mi mujer, nuestra hija de 21, y yo mismo dirigimos, entre la sorpresa, la curiosidad y el apetito de socializar, la vista inquisitiva a nuestra desconocida, cercana y desenvuelta vecina de barra. Y prosiguió diciendo: Habéis pedido una de jamón y otra de lomo, cuando aquí la especialidad de la casa son los chicharrones. Sin ningún tipo de dilación atendimos la sugerencia de nuestra inopinada amiga demandando una racíón al solícito, sonriente y espigado camarero. Estas no se servían en platos sino en retales de papel de charcutería para ahorrarle espacio y trabajo al lavavajillas, adivinamos. Al  comprobar nuestra aprobación a su sugerencia,  nuestra improvisada guía, nos ofreció múltiples recomendaciones de bares y restaurantes con solera que no nos podíamos perder  y antes de despedirse nos relató, sin fanatismo pero con total admiración, sus impresiones sobre el recital  de Paco de Lucía – uno de los últimos que dio- en el Castillo de San Sebastián que había tenido lugar el día anterior. No pudimos disfrutar, ni deleitarnos con su arte, y su pasión en un lugar tan emblemático de su tierra. ¡Lástima! Pero nos alegramos que ella, junto con varios miles de personas pudieron hacerlo. Era nuestra primera visita, nuestras primeras sensaciones de una ciudad, su entorno y su gente,  de los que solo teníamos buenas referencias pero  desconocidos hasta entonces, que desde el primer momento se fueron convirtiendo en algo nuestro, gracias sobre todo, a nuestra compañera de tapeo.

manteca

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Un pensamiento en “Compañera de tapeo

  1. Desde luego señor Aspirante hay que ver la suerte que tiene de encontrar una simpática señorita que tiene a bien alertarle de los verdaderos encantos gastronómicos de la ciudad en la que se encuentra. Alguien con su voraz apetito, parece que disfrutó de lo lindo en este viaje. Yo, como usted sabe , además de egocéntrico soy más bien de viajes norteños y en otoño, espero que este año, a pesar de los pesares pueda hacerlo. Señor Aspirante, gracias no, lo siguiente, por lo que usted sabe. Un beso.

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