Siempre Xenius

Decía el maestro Eugenio D´Ors que de las dos Majas de Don Francisco de Goya, exhibidas en el Prado, la más pornográfica sin duda es la vestida. Don Eugenio que comenzó clásico, poco a poco, se nos fue haciendo barroco, descubriendo que la gracia, la esencia y el duende no residen en lo que se enseña o se muestra sino en lo que se esconde o sutilmente se insinúa.

En 1937, en plena Guerra Civil, Salamanca, sede del Cuartel General de Franco se convirtió en destino de peregrinación de artistas y escritores. Allí acudieron a rendirle pleitesía Gonzalo Torrente Ballester, Pedro Laín Entralgo, Ernesto Giménez Caballero, Agustín de Foxá, entre otros muchos. Aunque el Caudillo acogió a d´Ors como uno de sus intelectuales de cámara, cuando don Eugenio le solicitó audiencia nunca le recibió, y si  le preguntaban por el hecho salía a relucir la más pura elegancia, ironía y saber estar de un erudito de su talla: Es una lástima, hubiera sido como el reencuentro de Napoleón y Geothe en Weimar. Oiga que usted no es Goethe. Él tampoco es Napoleón. Respondía sin ningún tipo de autocensura, ni falso comedimiento.

La tragedia de tener talento en un país mediocre como el nuestro, resulta ser que cuando se desparrama con generosidad, para muchos torpes, ya se queda para siempre en simple anécdota, como sucede con escritores tan sublimes como Quevedo, Valle-Inclán o Francisco Umbral. A Eugenio d´Ors le ocurría lo mismo. Había más expectación por su indumentaria, disfraz o puesta en escena que por el contenido de sus conferencias o de sus cursos. Y ya lo apuntaba nuestro pensador cuando señalaba que lo más revolucionario que se puede ser en España es tener buen gusto.

Suele suceder cuando el pensamiento sobrepasa la barrera del academicismo y se convierte en una filosofía vital y positivista, fuera de sistema, como fue el caso de d´Ors cuyos máximos medios de expresión fueron el diálogo al estilo socrático y sobre todo la glosa. Esta última manifestación escrita que elevó a la categoría de género literario.

Don Eugenio siempre buscó la elegancia, el talento, y la erudición , en un país, que siempre se dedicó y se dedica a otras cosas.  Y mientras tanto él manifestaba: quisiéramos hablar como Demóstenes, escribir como Bocaccio, pintar como Leonardo, saber lo que Leibniz, tener, como Napoleón, un vasto imperio, o como Ruelbeck, un jardín botánico, pero quisiéramos ser Goethe.

Sin olvidar, su genio, su talante y sus frases maravillosas, lo mejor del legado dorsiano lo encontramos en sus libros, algunos de los cuales son auténticas joyas, imprescindibles en cualquier biblioteca pública o particular. El Valle de Josafat, Glosario y Nuevo Glosario y su sorprendente Oceanografía del tedio. También de lectura recomendable es La Filosofía de Eugenio d´Ors de José Luis López Aranguren.

D´Ors, nuestro catalán universal, firmaba Eugenio o Eugeni, qué más da. Siempre Xenius.

Eugenio d´Ors

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3 comentarios

  1. La gran tragedia del maestro D’ors fue precisamente el no ser un mediocre en un país de mediocres, pero sobre todo ser un libre pensador. Hoy se sentiría muy a gusto epatando tanto a las derechas, como las izquierdas, especialmente a las primeras, las segundas no tendrían siquiera sensibilidad para entenderlo. De todas maneras me reconocerá que el grupo de intelectuales que se dieron cita en el cuartel general de Franco en Salamanca era de primer nivel, para que luego cierto progrerio casposo, valga la redundancia, diga lo contrario. Un beso Maestro.

    • La calidad de la escritura de muchos de los prosistas de Falange es indudable. Lástima que los manuales de Literatura española se hayan olvidado de ellos. Una prueba más del sectarismo, que desgraciadamente, nos persigue y nunca nos abandona. Por eso debemos recordar la inapreciable labor realizada por José Carlos Mainer, Andrés Trapiello y Francisco Umbral para que no se olvidara la prosa de muchos de ellos. Falange y Literarura, Las Armas y las Letras y la Leyenda del César Visionario nos recuerdan a todos ellos y nos invitan a leer sus obras afortunadamente. Tampoco me quiero olvidar de La Corte literaria de José Antonio de Mónica Carbajosa.

      Un abrazo.

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