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Cuando era pequeño y mi madre iba de compras, siempre nos traía a mi hermana y a mí, unos ejemplares del TBO, que leía como avidez, y sí, sí también con fruición. Las historietas que más devoraba eran Anacleto, agente secreto, 13, Rue del Percebe, y por supuesto los audaces, imaginativos y en cierto modo inefables Inventos del profesor Franz de Copenague, también recuerdo a la Familia Cebolleta, Josechu el Vasco, y los indelebles Pepe Gotera y Otilio.

No escribiré de todas ellas pero sí de las chapuzas a domicilio de estos últimos y de los pobres propietarios que con la sana intención de restaurar, reparar, reacondicionar o rehabilitar sus viviendas se ponían en sus manos. Indefectiblemente todas sus aventuras acababan en desventura de los contratistas, similar a lo que padece el personaje del jovencísimo Tom Hanks y su pareja en Esa casa es una ruina (The Money Pit) de Richard Benjamin.

Me encantan los viajes, cambiar de aires y conocer nuevas gentes, paisajes, culturas y sobre todo disfrutar de la gastronomía y de los productos enológicos, y aunque resulte paradójico, encuentro gratificante también estar en casa, refugiado en mi caverna. Y eso sí con los mínimos cambios posibles. No me gustan las reformas, ni meter extraños en casa para acometerlas, pero desgraciadamente llega un momento, en el que hacerlo es ineluctible. Ese momento en casa ha llegado, y verme rodeado de carpinteros, fontaneros, albañiles, electricistas, me tiene absolutamente desazonado. No me gustan los cambios.

A veces me sorprendo a mí mismo cuando visito hogares de amigos o familiares en las que siempre hay algo nuevo. Si no ha sido una reforma grande o pequeña, han cambiado las cortinas, las puertas, han recolocado los muebles del comedor por enésima vez o han sustituido un horóscopo Maya de terracota, por un casco vikingo, todo resultado de sus compras en las tiendas de suvenires de sus últimos destinos vacacionales.

Dicen los psicólogos, que redecorar y hacer cambios constantes en casa, tiene que ver con problemas de relación dentro del hogar que se prefiere no acometer, a los que no se busca solución y se quieren compensar cambiando de sitio la lámpara del salón. Una manera como otra cualquiera de imitar al avestruz para no enfrentarse a la cruda realidad de la infelicidad.

Últimamente se lleva mucho eso de no arrostrar los problemas. Los medios de comunicación se han hecho eco de la colocación, por parte de los dueños de establecimientos de ocio y hostelería de carteles con el lema: Prohibido hablar de la cosa. Se prohíbe hablar del paro, de la economía, de la corrupción, de los desahucios, y de todo lo que amarga la vida al ciudadano de a pie. Desde luego es un camino, pero yo prefiero, mientras las obras acaban en casa, leer La pregunta por la cosa de Martin Heidegger. El mismo filósofo alemán califica de arrogante esa actitud de ir más allá, de conocer más, de preguntarse más por lo que nos rodea. Puede ser, pero yo añadiría también valiente.

Glosaba Paco Umbral en su Diccionario de Literatura la figura del poeta suicida madrileño Pedro Casariego Córdoba, en la que apunta que siempre escribía de sí mismo, pero con una extraña habilidad, que lograba que nunca se notara. No todos lo conseguimos.

pepe gotera y otilio

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2 pensamientos en “Chapuzas a domicilio

  1. Estoy completamente de acuerdo con usted sobre las reformas en casa, dan una enorme pereza, y desde luego es muy molesto que extraños estén dentro de ella paseando con total naturalidad, y ya no le cuento si además la obra en cuestión no se hace de forma adecuada, como ocurrió en la época de la “Burbuja” cuando cualquier botarate era fontanero, electricista, etc,.Y también coincido con Heidegger en que es una postura arrogante el querer conocer más, pero también pienso que esa arrogancia es la que nos ha permitido, con muchísimos defectos, hacer evolucionar hacia mejor la sociedad.

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