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Mis circunstancias personales últimamente están cambiando y eso me permite hacer alguna escapada.  Situación  y actividad que viene de maravilla para romper con la rutina, airear cuerpo y espíritu, conocer nuevas gentes, nuevos lugares y nuevas formas de existir e incluso actitudes ante la vida. Me encanta, intento pasarlo muy bien y en la mayoría de las ocasiones lo consigo. No tengo problemas para relacionarme y prefiero ir a tomar algo que quedarme en el hotel descansando. El asueto es para disfrutar lo máximo posible y por supuesto acabar absolutamente exhausto, que siempre me resultó un adjetivo muy sugerente.

Sí me encanta viajar, pero previamente, antes de partir siempre pienso en la vuelta y tengo la sensación que mi auténtico deseo es que ojalá hubiera pasado todo para estar ya en casa de regreso. Es importantísimo sacarle partido a las vacaciones, al puente o al simple fin de semana e intento conseguirlo saliendo de mi morada con ese objetivo irrenunciable. Pero lo auténticamente prioritario y lo único preceptivo del viaje es regresar.

Cuando visito un lugar que ya conozco de otras ocasiones me doy cuenta que cambio de restaurante, cambio de museo, de cine, de teatro, de sala de exposición, o de concierto, pero no sé qué sucede que casi siempre frecuento los mismos bares de copas y aunque soy un catacaldos, en este tipo de locales   siempre pido lo mismo, sobre todo la especialidad de la casa.

En el centro, apartado de todo y cerca de todas partes hay un bar que frecuento indefectiblemente cada vez que estoy en El Foro. Allí, Rubén y Jaime se jactan de preparar el mejor café irlandés del Mundo y yo, como cliente habitual, estoy totalmente de acuerdo con ellos. Queman el whisky con azúcar moreno, le añaden  café torrefacto,  utilizan una manga pastelera para la nata finalmente decorada con unos golpes de canela. Me resulta delicioso! Y sin olvidar esa música, que se interpreta sin atender al dictado de partitura alguna, una metáfora de la vida, pura poesía, en la que la improvisación y la inspiración de los intérpretes llegan a la categoría de arte, creando esa insustituible atmósfera para enamorados y ladrones (Atmosphere for lovers and thieves-Ben Webster), dejándonos irrremisiblemente prisioneros del amor (Prisioner of Love-Lester Young). Jazz Bar Madrid.

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