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Qué curiosa es a veces la vida y su devenir.  Los hechos y acontecimientos se suceden a nuestro alrededor y todos ellos de muy diversa índole. A la mayoría de ellos no les prestamos atención,  o sólo lo hacemos a aquellos que nos interesan de verdad, hasta que algo o alguien hace que les prestemos más atención. Y a partir de ahí parece como si todo lo relacionáramos con aquello que hasta entonces no nos importaba demasiado.

En mi corta experiencia, salvando la presunción que yo tenga alguna experiencia, ese tipo de situaciones se repite con cosas o circunstancias más o menos relevantes. Y citando alguna de ellas, recuerdo cuando mi pareja se quedó embarazada y ya empezaba a notársele la barriguita del fruto de nuestro amor, yo ya veía mujeres embarazadas por todas partes, después cuando nació nuestra primera hija, sólo bebía parejas con bebé y cuando nació la segunda me sucedió algo parecido, todas las parejas tenían dos retoños, uno de unos tres años y otro un bebé.

En una ocasión tuve un pequeño accidente casero, por llamarlo de alguna manera, que acabó conmigo en urgencias del hospital y con un brazo en cabestrillo. Pues a partir de ahí sólo veía personas lesionadas y de la misma guisa que este Aspirante narrador.

Hace sólo unos días una persona muy  cercana me ha regalado un libro precioso de gran folio, con unas  fotografías muy gráficas, que cuenta la vida Ernest Hemingway que ha sido editado por Lumen para conmemorar el cincuentenario de su muerte. Y a partir de ahí no he parado de encontrarme  con la figura del escritor norteamericano.

Hemingway era un gran aventurero que desde muy temprana edad comprendió que la vida sólo se vive una vez y que hay que aprovecharla al máximo. Todos sus biógrafos le describen como aventurero, mujeriego, bebedor; pero lo que Ernest fue sobre todo  un gran vividor. Uno de sus destinos favoritos fue España, primero como aficionado a los toros allá por los años veinte del pasado siglo, dejando testimonio en su libro Sangre y Arena y más adelante cómo corresponsal de la Guerra Civil, en Por quién doblan las campanas y sin olvidar su retrato de los Sanfermines  en Fiesta. 

En sus visitas a España frecuentaba bares, restaurantes y coctelerías y todo tipo de establecimientos donde se servía buena comida y mejor bebida. Muchos de ellos más adelante, recordaban su presencia con carteles del tipo: Hemingway estuvo aquí; Hemingway comió aquí, o Hemingway se fumó un puro aquí.  Y llegó un momento que proliferaron tanto este tipo de rótulos conmemorativos, que parecía que Hemingway estuvo en todas partes, como se le presupone a la divinidad. Sin embargo en Madrid hay un restaurante en la acera izquierda de la calle Toledo, casi en la Plaza Mayor, que presume de todo lo contrario, intentado ser al menos original, con un lapidario: Hemingway never  ate here.

Y  volviendo al motivo de mi discurso, me encuentro a Hemingway, no voy a decir coloquialmente, hasta en la sopa, pero sí en el Museo de Cera.

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Un pensamiento en “Hemingway never ate here

  1. En esto estoy de acuerdo con usted,incluso se podría extender en lo referente a las señoras.Vera,un amigo me comentaba hace algunos días,que no sabe por qué,pero podía estar largo tiempo sin comerse una rosca,pero sin embargo era conocer a alguna dama y frecuentar su compañía para que el resto de las señoras se le arrimasen.En fin otra teoría,aparentemente disparatada,pero viéndola fríamente y con las pruebas materiales,puede ser perfectamente creíble,en fin,un abrazo y ¡ARRIBA ESPAÑA!.

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