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En el blues aunque tenemos varios instrumentos de los que se acompañan  los intérpretes en su lamento: la armónica, el piano, the whasboard ( la tabla de lavar), el contrabajo, the jug (jarra de soplar), el bluesman por antonomasia suele ser un guitarrista consumado. Sin embargo en el jazz la variedad de instrumentos es mucho más prolija: xilófono, saxo, clarinete, batería, bajo, la voz,  también guitarra, piano, vibráfono, incluso el violín y por supuesto la trompeta.

Mentando solamente un trlo de trompetistas de jazz podríamos destacar a Louis Armstrong, Miles Davis y Winton Marsalis.

Cuando uno desea durante mucho tiempo que ocurra algo, un encuentro, un reencuentro, un descubrimiento solo pueden ocurrir dos cosas, que se cumplan las expectativas esperadas con tanta ilusión, esa parte de los sentimientos que nunca se puede controlar, volcando todos nuestros mejores  deseos en algo o en alguien, o por el contrario que nuestra ilusión  se vea defraudada.

Una vez al año  acudo a  mi cita  con la gran música, y dado que la periodicidad es tan escasa suelo elegir con escrupulosidad  mi asistencia a los conciertos. Elijo acontecimientos especiales que considero que no debo, ni puedo perderme. Ayer fue uno de ellos. El mejor trompetista vivo tocaba en la ciudad en la que resido y allí estaba yo dispuesto a gozar como un amante entregado.

Marsalis en esta ocasión no se presentaba solo, sino con una banda compuesta por 5 saxos, 3 trombones, 4 trompetas (incluida la suya), y una base rítmica de batería, piano y contrabajo. En total 15 músicos y 2 horas de concierto en la que todos tuvieron oportunidad de intervenir como solistas en alguna de las piezas interpretadas.

El concierto fue desigual, con algún momento sublime, pero lo auténticamente maravilloso fue la primera pieza en la que Marsalis nos mostró su virtuosismo con los primeros soplidos de su trompeta y en el bis final, en el que acompañado por un trombón  y la base rítmica, interpretó una canción utilizando como sordina un bombín. En el resto del concierto nuestro afamado jazzman se limitó a  dirigir la banda desde su tercera fila en los metales y a acompañar  las intervenciones de los músicos que la componían.

Fueron dos momentos mágicos, pero que supieron a poco a los auténticos aficionados, que tuvimos que soportar que un público plebeyo interrumpiera a los músicos en cuanto acababan sus solos en lugar de esperar a manifestar, su probablemente sincero, pero a la vez ignorante entusiasmo, a que acabara cada pieza.

Pero el devenir de la existencia continúa, ya sea con ilusiones y expectativas satisfechas o con anhelos y deseos defraudados. Y dado que la ilusión es algo que no se puede contralar seguiremos esperando y daremos a la vida otra oportunidad para disfrutar plenamente del talento y la maestría de alguien que nos llegó al corazón con su pasión por la música y por la vida: Mister Winton Marsalis.

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