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En aquella época este Aspirante tenía amigos de diferentes raleas, pelajes y procedencias, todos ellos españoles de bien, como diría algún asiduo de este blog, pero que no se conocían entre sí. Todos personajes muy interesantes con los que quedaba de forma recurrente, siempre por separado, hecho que me generaba algún problema. No me agradaba perderme a nadie que me aportara algo o que me hiciera feliz con su compañía. Hasta que un día decidí juntarlos a todos para que se conocieran y no sólo fueran amigos comunes, sino también amigos entre sí.

El enredo de amistad que se generó funcionó muchísimo mejor de lo que podía imaginar, quizá porque no éramos demasiados: un amigo con su novia, otro amigo de la misma ciudad de nuestra residencia, otro de una ciudad distinta, pero que se unía a nosotros en cuanto podía aquel año que vivimos peligrosamente, y el aglutinante del engendro, que se suponía que era yo, pero que el tiempo demostró que no era así.

Después de muchas tardes-noches de copas, fiestas, tertulias, viajes intentado conquistar a toda mujer que se nos pusiera por delante, al menos los que no íbamos acompañados e incluso, a veces, el que lo iba también. Un día tomándonos probablemente el mejor café irlandés que se sirve en Madrid, nuestro amigo que tenía compromiso, nos suelta en medio de una canción relajante de jazz, de esas suaves, dulces, sin estridencias, que iba a dejar a su novia porque se había enamorado de una compañera de trabajo.

Aquello no sólo fue la ruptura de una pareja joven que se separa. Su novia, más que su novia, se había convertido en nuestra amiga, en nuestra confidente, en la persona que durante un tiempo nos conocía mejor a todos, en nuestra musa. Y sucedió de repente, sin que ninguno tuviera la menor idea de lo que pasaba en el trabajo de su novio.

Aunque la ruptura de nuestra pareja de amigos no acabó con nuestra amistad, sí acabó con el grupo. Resultó que el aglutinante era ella. Siempre se aprende algo en esta vida y aquella circunstancia, sin duda fue una de estas.

El famoso cantautor Guzmán nos cuenta en una de sus canciones “26 años hay sobre mí y parece que el tiempo me echó a vivir con tanta intensidad…” Yo no tengo 26, tengo algunos más, pero sí hacía 26 años que no pasaba por allí. Ha cambiado la decoración, el servicio de camareros y alguna cosa más. Pero el ambiente sigue siendo acogedor, sobre todo para esas parejas de enamorados que solamente con mirarse saben que se quieren, mientras escuchan esa música aparentemente repetitiva, pero que siempre nos descubre algo nuevo cada vez que volvemos a percibirla

Por supuesto no me acuerdo de la canción que estaba sonando cuando nuestra vida, sin saberlo, estaba cambiando de rumbo, pero no me importaría que hubiera sido The touch of your lips de Ben Webster y su acariciante saxo tenor.

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2 pensamientos en “JAZZ BAR, 1984

  1. Extraordinarias personas y como dice ese amigo suyo,españoles de bien todos.Podía juntar a sus amigos de allí y a los de aquí,con sus respectivas parejas,salvo en mi caso que no la tengo.Estoy seguro que sería una velada inigualable,y para animar aún más el encuentro se podría apuntar “EL CLÁSICO”.

  2. Me apunto a su idea. Aqunque tengo que comunicarle que “El Clásico” era precisamente el amigo de allí que ahora es de acá. Espero haberme explicado bien. Aunque lo que realmente me emociona ahora es volver a encontrar un comentario suyo por aquí. Un abrazo Francotirador.

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