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En una gran ciudad como El Foro se pueden encontrar locales de lo más variopinto. Siendo natural y habiendo residido en ella durante 28 años ininterrumpidos y pateándola, escudriñándola y disfrutándola casi a diario, se conocen varias zonas de ocio y cientos de garitos.  Cuando las circunstancias te hacen abandonar tu ciudad y han pasado veinte años de retiro de la vida disoluta, de muchos no nos acordamos, de otros  lo hacemos sólo  del nombre, y sin embargo hay algunos de ellos que sólo evocarlos nos erizan los cabellos y tenemos la sensación, que en cierto modo, lo allí vivido nos ha ido acompañando, aunque sea de manera inconsciente, todos estos años de paréntesis,  como  ese  sol de varias latitudes que nos curte la piel para toda nuestra vida.

Una de esas zonas de ocio preferidas se sitúa en el hoy llamado Barrio de las Letras. Por sus calles vivieron, amaron, se desengañaron y  nos emocionaron, en tiempos no tan lejanos, Cervantes, Lope, Calderón, Quevedo, Góngora, Bécquer, entre otros. Y todo  en torno a la calle Huertas y  alrededores. Probablemente el local más frecuenté en la citada calle fue  el Harpo Pub.

A veces nos hacemos habituales de alguno de estos bares de copas, sin que haya una razón especial, como es el caso del que me ocupo. Sinceramente no entiendo porqué acababa allí casi todas las tardes o noches que salía.  El nombre estaba dedicado al genial cómico americano Harpo Marx,  que ya le daba cierta categoría cinematográfica; pero lo que más me llamaba la atención era el olivo que había, justo delante de la barra. No comprendo qué clase de milagro lo mantenía vivo, dado que no entraba el sol por ninguna parte, y ni siquiera había una claraboya o un patio de luces cercano que le llevara algún rayito de luz.  También puede ser el caso de ese amor que  sin ser correspondido, sobrevive sin conocer la razón.

Una de las últimas ocasiones que estuve por Madrid, en compañía de un amigo, antiguo colega de enredos,  hoy alto ejecutivo y honrado padre de familia, nos dirigimos hacia allí con la ávida intención de tomarnos algo en aquel local de tan gratos recuerdos, que desgraciadamente no encontramos. Lo único que nos consoló, en parte, fue no  ver en su  lugar un banco, una lavandería o una tienda de artículos baratos, sino un nuevo garito en el mismo sitio que Harpo. La decepción fue tan mayúscula que no nos apeteció entrar, preferimos recrear nuestras vivencias, agitando la memoria en otro sitio.

Aunque un tango de Carlos Gardel, nos recuerda que veinte años no es nada, indudablemente es un tiempo considerable para que algunas cosas hayan cambiado, se hayan transformado o ya no existan. Incluso, a veces,  unas pocas semanas bastan.

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4 pensamientos en “VEINTE AÑOS NO SON NADA, O SI

  1. Harpo, para mi mas que un emblema, año tras año, los mejores, dentro de la barra Antonio, mi hermano querido del alma, Luis mi primo, Pablo, amigo de Luis desde la infancia (el Don Juan Del Barrio de Las Huertas). Según leía tu articulo, el olivo(había dos) Madre mía si hablasen esos olivos!!! Siempre estaba lleno, el motivo, la buena música, que todos éramos del barrio, amigos de mi hermano, de mi primo, de mi hermana, míos, ambiente familiar como no. Antes el sitio de reunión era El Elecho, lo que sintió Tomas cuando se entero que su multitudinaria clientela de diario abría un garito en la calle de al lado. El Jazz, del que también he leído tu articulo, La Miel, un poco mas arriba, y el bar de La Cueva donde Pablo y sus hermanas nos preparaban unos bocatas de no te menees. Recuerdo que un Dia paso por allí Alberti, comento que al ver los olivos no pudo resistirse a entrar. Fue el único que durante tantos años se percato que había un nido. Lo que es la sensibilidad de un poeta. Bueno estaría horas y horas, perdona si te resulta un tostón, pero al igual que Alberti, no me he podido resistir. Solamente me queda una gran duda, ¿Habremos tomado alguna copa juntos? Quien sabe quizás nos conocemos.

  2. Concha, no te disculpes por tu comentario, me ha encantado. Ya no vivo en el Foro, pero el último fin de semana estuve en Madrid, con motivo de la exposición de Antonio López y cuando salí del Tyssen me dirigí a a la zona de Huertas y entre en la Anchoíta, que está en la calle Jesús, a tomar unos montaditos, para dirigirme a la Plaza de Santa Ana, pasando por locales de tan grato recuerdo: La Fídula, La Fontanería, El Café Central. Maunaloa, todos ellos maravillosos y de gratísimos recuerdos, pero ninguno comparado a Harpo y su olivo, que más que lleno el local siempre estaba a reventar, su encanto era insuperable.

    No me tomé una copa contigo allí, pero da por hecho que me hubiera encantado.

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